Una reflexión sobre la asimetría de poder en el trabajo doméstico, las posibilidades de la justicia restaurativa y el papel de los medios en conflictos privados que son también públicos.

La columna de Laura Sarabia1 introduce un elemento que merece ser tomado en serio: la posibilidad de acudir a la justicia restaurativa como camino para tramitar un conflicto que ha tenido efectos personales, laborales y públicos. En su texto reconoce que Marelbys Meza2 sufrió un daño y afirma que ambas iniciaron un proceso restaurativo con el propósito de que ella pueda seguir adelante con su vida. Ese reconocimiento -aunque aún deje preguntas abiertas- es, en cualquier proceso restaurativo, un primer paso necesario.

Las reflexiones de Claribed Palacios, presidenta de UTRASD, ayudan a situar esta conversación en un marco más amplio. Como presidenta de un sindicato de trabajadoras domésticas, recuerda algo fundamental:

“La justicia restaurativa no es simplemente un gesto conciliador ni una fórmula retórica. Su núcleo es la verdad completa, la asunción de responsabilidades y la búsqueda de formas concretas de reparación que permitan restablecer el equilibrio en un tejido social que ha sido afectado. Sin verdad suficiente y sin responsabilidad asumida con claridad, la promesa restaurativa pierde fuerza”.

Este caso, más allá de los nombres propios, vuelve a recordarnos una realidad estructural: la profunda asimetría de poder que existe en muchas relaciones de trabajo doméstico. No se trata solo de un vínculo laboral entre particulares3; se trata de una relación atravesada por desigualdades económicas, sociales y simbólicas que históricamente han dejado a las trabajadoras en posiciones de mayor vulnerabilidad. Reconocer esa asimetría no implica prejuzgar responsabilidades penales ni convertir un conflicto en una condena pública anticipada. Implica, más bien, entender por qué estos casos generan una sensibilidad especial en la sociedad.

También abre una pregunta para el periodismo. Cuando conflictos entre particulares tienen dimensiones de poder tan desiguales y, al mismo tiempo, implicaciones políticas evidentes, ¿cómo cubrirlos de manera responsable?, ¿cómo equilibrar el derecho a informar con el respeto por los tiempos de la justicia y por la complejidad de los procesos personales que se están desarrollando?

Al respecto, Luz María Tobón Vallejo, exdirectora de El Mundo, comentó:

“Marelbys sufrió un daño severo por la acusación injusta de su empleadora, sin embargo, no fue menor el que le causó el tratamiento periodístico de una situación que parecía aprovechada para atacar a una alta funcionaria y que terminó afectando de manera grave la reputación de la persona más vulnerable en estos hechos, la empleada doméstica. Las graves consecuencias para ella por las dudas sobre su comportamiento y papel en este proceso invitan a directores de medios y periodistas a recuperar el enfoque de periodismo de derechos, que reconoce mínimos de tratamiento equitativo de la información.

¿Es posible pensar en estrategias de análisis de la agenda informativa que consideren las afectaciones a los derechos humanos, que recuperen la exigencia de escuchar con equilibrio todas las voces? Esa debería ser una de las conversaciones relevantes del periodismo ayer, hoy, siempre. Eso fue lo que faltó, sigue faltando, en el tratamiento informativo de esta situación y me atrevería a decir que en el enfoque periodístico al trabajo y las relaciones desiguales de poder”.

En el momento actual de Colombia, es fácil que cualquier reflexión sobre estos hechos termine absorbida por la lógica electoral. Sin embargo, reducir esta discusión a una disputa política sería perder la oportunidad de abordar preguntas más profundas:

  • ¿Qué responsabilidades tienen las personas empleadoras frente a quienes trabajan en sus hogares?
  • ¿Qué herramientas ofrece el derecho para reparar daños en relaciones laborales marcadas por desigualdades?
  • ¿Qué papel pueden jugar enfoques como la justicia restaurativa en conflictos que, aunque ocurren entre privados, reflejan tensiones sociales más amplias?

Tal vez el desafío sea precisamente ese: sostener una conversación serena sobre estas preguntas sin convertirlas en armas de campaña ni en silencios injustos. Porque si algo ha mostrado este caso es que las relaciones de trabajo doméstico –tan cotidianas y tan invisibilizadas– siguen siendo un espejo donde se reflejan muchas de las desigualdades que aún no sabemos cómo resolver del todo.

Andrea Londoño Sánchez

  1. Marelbys y yo, detrás del titular ↩︎
  2. Otra víctima del poder gubernamental nos llama a la reflexión (y a la acción) ↩︎
  3. Un escándalo en el más alto poder y las trabajadoras domésticas en Colombia ↩︎

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